La Francmasonería francesa en el siglo XVIII
El interés de las elites anglófilas produce una rápida creación de logias en Francia y en Europa. La curiosidad del público ya es considerable. La predisposición de numerosos miembros eruditos de la sociedad hace que la nueva institución se desarrolle y se expanda por el mundo entero en unas pocas décadas. Al principio sólo comprende dos grados: aprendiz y compañero aceptado. El grado de Maestro, con su dramaturgia legendaria basada en el asesinato de un Maestro Arquitecto, fue adoptado en los años 1730/40.
Mucho antes de la mitad del siglo, la Francmasonería francesa, aunque permaneciendo fiel en lo esencial a los usos importados, elabora un modelo propio que tendrá una influencia continental. En esta época goza también de una autonomía total. La franche maçonnerie (la “masonería libre”) de Francia se mantiene fiel al posicionamiento original de las Columnas (J al Norte y B al Sur), con la ubicación de los Vigilantes correspondientes, la batería en “dos golpes rápidos y uno lento”, la entrada con el pie derecho, además de la mayoría de las fórmulas que caracterizan –paradójicamente bajo el nombre de Rito de los Modernos–, las prácticas más antiguas que se conocen. No obstante, introduce el uso de la espada, crea su propio modelo iconográfico de tapiz de Logia (en especial con las piedras bruta y tallada y los “lazos del amor”, tal como hoy lo conocemos) y, finalmente, confiere a la ceremonia de iniciación algunas innovaciones fundamentales: el gabinete de reflexión, los viajes y pruebas por los cuatro elementos, el mandil, etc.
Durante todo el siglo XVIII, la Francmasonería, aunque se impone efectivamente como un “centro de unión y el medio ideal para conciliar una sincera amistad entre personas que de otra manera jamás hubieran podido relacionarse entre sí”, como lo expresan las Constituciones de Anderson, sigue siendo un lugar de sociabilidad mundana y festiva. Red cosmopolita, desde muy temprano marcada por rasgos solidarios e igualitarios, a veces tocada por destellos innovadores y visionarios, aparece no obstante teñida por una tonalidad moral y cultural que se mantiene durante mucho tiempo conformista y elitista.

Es en el último cuarto del siglo cuando se desarrollan nuevas y poderosas preocupaciones humanistas e incluso enfoques que hoy calificaríamos de simbolistas. Estos procesos llegaron al término de una crisis centrífuga que afectó a la masonería francesa en los años 1760. La crisis estuvo marcada por la división de la primera obediencia (creada a fines de la década de 1730 y llamada “Primera Gran Logia”) en varios bloques rivales, por la abundancia de grados “simbólicos” adicionales, por la estructuración progresiva de nuevos ritos y por la afirmación de corrientes más místicas, paralelamente a la mayoritaria corriente racionalista.
La integración en 1773 del cuerpo masónico francés en el seno del Gran Oriente de Francia, permitió federar, armonizar y codificar todas las estructuras y usos entonces vigentes, lo que constituyó un avance considerable, decidido democráticamente por los delegados de las Logias. La gran mayoría de estos últimos se unificaron bajo los auspicios de la Obediencia, excepto una “Grande Loge de Clermont” que, rechazando especialmente la elección de los Venerables, siguió sola su camino durante varios años para finalmente fusionarse con la Obediencia en 1799, tras los acontecimientos revolucionarios.
Esta reorganización de la Francmasonería francesa permitió redactar y precisar el corpus ritual y administrativo practicado desde comienzos del siglo XVIII. Esta codificación, fijada en 1785 e impresa en un Reglamento Masón, toma el nombre de Rito Francés. Este período también se caracteriza por el nacimiento en 1778 del Rito Escocés Rectificado y, en 1804, del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, también reconocido por el GODF. Esta unificación permitió en poco tiempo un buen funcionamiento de la Obediencia, al aportar soluciones a las principales dificultades anteriores, y constituyó la base del crecimiento y de la expansión continental experimentada en los años siguientes.
En 1789, el Gran Oriente de Francia contaba con alrededor de 30.000 miembros y mil talleres. Era un cuerpo poderoso, influenciado por las Luces filosóficas y diversas corrientes especulativas. Hoy sabemos que no existió un “complot masónico” en el origen de la Revolución, pero reconocemos que muchos francmasones tuvieron participación en los sucesos revolucionarios y que la influencia de las ideas debatidas en las Logias fue significativa. Estas huellas masónicas en la Revolución Francesa también se reflejan en los modelos de funcionamiento y en muchos de los signos simbólicos adoptados por las nuevas instituciones. Además, fué una canción compuesta por el Hermano Rouget de Lisle la que se transformó en el himno nacional de Francia. No obstante, entre 1793 y 1796 el Gran Oriente de Francia sufrió un adormecimiento casi total durante el cual los francmasones en general han reprobado, y sobre todo sufrido, el Terror.