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La juventud es el momento de estudiar la sabiduría; la vejez, el de practicarla. (J. J. Rousseau)

La influencia de la masonería madrileña en la política de la Segunda República Española (1931-1939) - y IV

Continuación del extracto del artículo publicado por Manuel Según Alonso en el volumen VI, nº 2, de la Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña (REHMLAC), de la Universidad de Costa Rica.

© Manuel Según Alonso y REHMLAC.


Mariano Benlliure en su taller
Tras el fracasado golpe de estado de 1936 y el inicio de la guerra, la Orden olvida sus incertidumbres y se posiciona con el frente republicano, consciente de que están en juego los ideales masónicos. A la vez, se hace complicado abrir trabajo en las logias por la falta de miembros, puesto que algunos han huido temiendo la toma de Madrid por los rebeldes; otros se han alistado en el ejército; o pronto seguirán al gobierno y a los Altos Órganos a Valencia, como atestigua la carta del Gran Maestre a la Comisión Ejecutiva de la GLRC informándole que con la autorización de la Gran Logia Regional del Levante, se habían creado tres logias provisionales o circunstanciales en Valencia, dependientes de la GLRC, y “os sugerimos la idea de que aquellos hermanos residentes aun en Madrid cuyas logias no puedan funcionar por falta de números pudieran ser agrupados en logias también provisionales, con lo cual se haría eficaz el trabajo de todos”.No tenemos constancia de que se creara ninguna logia provisional en la capital, aunque sí triángulos y logias en el frente dependientes de la GLRC como el triángulo la “Estrella Roja”.

El 27 de julio de 1936, Juan Manuel Iniesta, Gran Secretario de la GLRC firma una circular defendiendo el posicionamiento al margen de la política y la religión de la masonería, pero afirmando que sus miembros pueden pertenecer en su vida profana a cualquier partido que defienda la libertad. Resalta que España está siendo amenazada, y que los masones deben empeñar todos sus esfuerzos en defenderla.

Ristori de la Cuadra, Gran Secretario, firma otra misiva el 26 de diciembre de 1936 afirmando que “los francmasones militamos en los partidos de izquierda única y exclusivamente y, por tanto, la lucha actual nos encuentra de lleno y totalmente en el Frente Popular”. Algunos elementos de la masonería madrileña como González Castroverde, Gran Maestre adjunto, viaja a Francia y Bélgica en 1937 como enviado del Gran Consejo para recabar ayuda económica para el Frente Popular y Juan Manuel Iniesta de la GLRC está en contacto con la Gran Logia de Habla Española en Nueva York y fue a Buenos Aires para recaudar fondos. En agosto de 1937, el Gran Maestre de la AMI, solicita “apoyo moral y financiero para la España antifascista”.

En Madrid la masonería fue respetada, lo que le permitió en muchos casos proteger a ciudadanos que eran considerados “enemigos” o cercanos al bando sublevado y en ese momento en muchos casos, escondidos en Madrid por miedo a las represalias. Es el caso del masón Rafael Gerona Martínez, que tras la salida de la delegación del Perú de la capital, y aprovechando la amistad con Antonio Ibáñez Gutiérrez, cónsul honorario de ese país, constituye al amparo de esta bandera un asilo en el que llegaron a estar acogidas 400 personas.

Para montar el refugio, Gerona consiguió la aprobación del ministro Álvarez Vayo y el apoyo del embajador de Chile, y el decano del cuerpo Diplomático el señor Núñez. Ya nombrado secretario General de la Legación del Perú, alquila unos pisos en la calle Príncipe de Vergara 36 y 38, donde instala a los refugiados. Su funcionamiento, según declaran varios de los residentes, se realizaba por pisos, siendo ellos mismos, los administradores de los fondos. Los súbditos peruanos y los que no tenían medios, eran mantenidos por el resto. Este asilo, en palabras de Gerona, era una “brigada de Socorro” en la que además de proteger a los residentes, extendían “carnets y avales masónicos a las personas de derechas cuyas vidas peligraban”.

Gerona dedicó mucho esfuerzo a recorrer las cárceles, checas, etc., para hacer gestiones y llevar al mayor número posible de personas a las legaciones que funcionaban en Madrid como la de Finlandia, Bolivia, Venezuela o por supuesto, el Perú. Entre los residentes se encontraban nobles, falangistas, religiosos, miembros de partidos de derechas, en definitiva, todos los que corrían peligro.

El refugio estuvo en funcionamiento hasta el 5 de mayo de 1937, en que lo toma la policía y fuerzas de asalto al mando del director de Seguridad Wenceslao Carrillo, pensando que desde allí se transmitía información a las tropas sublevadas. Hecho que se demostró que no era cierto. Tras esto, los acogidos sufrieron diferente suerte, aunque ninguno fue asesinado. Gerona, a través de Francia se pasó a la “España Nacional” en 1937.

En 1939, a Gerona se le instruye un consejo de guerra, en el que declararon a su favor multitud de personas, entre ellos muchos de los residentes en el Asilo del Perú, lo que no le valió la clemencia de los vencedores que por el sólo hecho de ser masón lo condenaron a veinte años de cárcel, ingresando en la prisión provincial de Madrid. La solidaridad de Gerona continuó en la posguerra, lo que le costó ser acusado de falso testimonio, al declarar que sabía que Miguel Cámara Cendoya, había abandonado la masonería en 1929, por falta de asistencia y pago, cosa que no era cierta.

Muchos masones madrileños escondieron en sus casas a personas que corrían peligro en los primeros días del Alzamiento, es el caso de Miguel Aranda Guijarro y Enrique Balenchana Paternay. La solidaridad fue independientemente de la ideología política y religiosa del masón.

En 1938, desde la logia Accidental de Barcelona parte una moción de censura al Gran Maestre Ángel Rizo. Le acusan de inmoralidad y estafa. La dimisión forzada de Rizo, en mayo de 1938, llevó a la Gran Maestría de forma interina al socialista, Lucio Martínez Gil, último Gran Maestre del GOE en tierras de España y obligado por las circunstancias a salir al exilio.

Mientras, en la zona controlada por los sublevados, fueron fusilados muchos miembros de la masonería, entre ellos de logias madrileñas como el gobernador civil de Palencia, Enrique Martínez Ruiz Delgado.

Con el fin de la Guerra, y la toma de Madrid, se inicia un periodo de búsqueda y detención de los masones madrileños que no habían podido huir o se habían quedado esperando no tener problemas con el nuevo régimen. Se establecen juicios sumarísimos, consejos de guerra, etc., lo que lleva a que sufran multas, incautación de bienes, purgas, depuración, cárcel o la pena de muerte.

Como ejemplo, de masones madrileños que se quedaron y fueron detenidos, juzgados y acusados de rebelión y/o pertenencia a la masonería tenemos a Miguel Cámara Cendoya, Francisco Escola Besada, Rafael Gerona Martínez, Antonio Alcázar García, Miguel Aranda Guijarro, Enrique Balenchana Paternay, Julian Cervantes Infantes, Joaquín Dicenta Alonso, etc. Algunos, los menos, fueron solo condenados a inhabilitación perpetua a cargo público; es el caso por ejemplo, de Cipriano Bernal de Pulga, Pedro Cifuente Díaz; o excepcionalmente, puestos en libertad como Francisco Escola Besada.

La mayoría de los que pudieron salir, antes de la caída de Madrid, lo hicieron desde Barcelona hacia Francia en los primeros meses de 1939, y desde ahí, los que tuvieron más suerte embarcaron a América; es el caso de Mariano Benlliure, Crescenciano Aguado Merino, Cándido Bolivar y Pieltain, Catalina Burgos Seguí, Manuel Torres Campaña, Segismundo Casado López, Herminio Álvarez García, Juan Pablo Álvarez García, Eugenio Arauz Pallardo, José Berenguer Cros, Juan Botella Asensi, Francisco Carreras Reura, Roberto Castrovido Sanz, Fernando de los Ríos, Cándido Bolívar Pieltain, Demófilo de Buen, Enrique Barea, Iniesta, etc.

Otros no tuvieron tanta suerte, y fueron fusilados, es el caso de Eduardo Barriobero Herrán, el 10 de febrero de 1939 en Barcelona o Eleuterio Díaz-Tendero Merchán, que acabó en el campo de concentración de Dachau después de que las tropas alemanas ocuparan Francia y muerto en el mismo el 13 de febrero de 1945.

También hubo masones madrileños en el bando sublevado. Es el caso de Miguel Cabanellas Ferrer, general de división y jefe de la Quinta División Orgánica en Zaragoza, uno de los jefes golpistas de mayor rango. Entre el 24 de julio al 30 de septiembre de 1936 fue el jefe de la Junta de Defensa Nacional de Burgos; o que murieron víctimas de milicias republicanas, como es el caso de Gerardo Abad Conde.

Es difícil decidir si los masones madrileños entraron en política para llevar sus principios al mundo profano o si fueron los políticos los que entraron en la masonería para utilizarla. En nuestra opinión, hubo un poco de ambas cosas, siendo evidente que la masonería madrileña luchó por construir la República en la que creía.

Fue imposible, el intento de muchos de volver al apoliticismo propio de la masonería, que habían perdido en la dictadura de Primo de Rivera, especialmente debido a la posición de los “críticos”. Además, muchos de los diputados, miembros del gobierno y de la Administración Pública, que estaban involucrados en la construcción republicana, pertenecían a logias madrileñas, entre otras, a Ibérica, Catoniana, Luis Simarro, Hispanoamericana, Dantón, Mare Nostrum, Concordia o Primero de Mayo es decir, las logias más politizadas.

Tras el inicio de la guerra se implican aún más en apoyo del Régimen Republicano, pero también en defensa de los perseguidos por los grupos incontrolados que en los primeros meses de la sublevación controlaban las calles de Madrid.

El enfrentamiento fue visto por los masones madrileños como el de dos formas diferentes de entender el mundo, y al posicionarse mayoritariamente por uno de los contendientes, el perdedor, les supone recibir una violencia encarnizada. Violencia que les obliga a tomar el camino del exilio, enfrentarse a la cárcel e incluso a la muerte. También encontramos masones en el bando vencedor, lo que en muchos casos no les libró del peso de la ley franquista, por el simple hecho de ser masones.

Por último, indicar que aunque uno de sus principios básicos es que “La masonería no está ni puede afiliarse a ninguna religión positiva ni formar parte de ningún partido político”, consideramos, que a los masones madrileños les cuesta aunar las dos militancias política-masónica y por ello, para muchos, como dirá Enrique Barea: “La Masonería es política o no es nada”.