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Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos. (J. Saramago)

La masonería, una sociedad más discreta que secreta - I

Extracto del artículo publicado por José Antonio Ferrer Benimeli, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza,en el número 16 de la revista Andalucía en la Historia, de abril de 2007.

Hacia la perfección del uno y el todo

La masonería ha sido definida de forma simplista hasta por el diccionario de la Real Academia Española (RAE) de la Lengua como una “asociación secreta en la que se usan varios símbolos tomados de la albañilería, como escuadras, niveles…”. En la actualidad, ya son numerosas las publicaciones que se ocupan con un criterio científico, histórico y objetivo de esta asociación más discreta que secreta. A pesar de todo, desde 1979, el diccionario de la RAE la define como una “asociación secreta de personas que profesan principios de fraternidad mutua, usan emblemas y signos especiales y se agrupan en entidades llamadas logias”.

¿Es en realidad la masonería una asociación secreta? ¿Su fraternidad es exclusiva? ¿Cuál es la ideología o el credo masónico? Y sobre todo, ¿cuál su verdadero impacto en nuestra historia? ¿Hasta dónde llega el mito y dónde empieza la realidad?

Guantes de Maestro Masón
Se habla poco de la masonería medieval operativa, constructora de catedrales, y se ha novelado demasiado la nueva masonería especulativa o filosófica, nacida en Londres en 1717. Se insiste mucho en el anticlericalismo masónico y a veces se olvida el antimasonismo clerical. Se ha insistido en la importancia de la masonería en el siglo XVIII español, cuando de hecho apenas existió al estar severamente prohibida y perseguida desde 1738 por la Iglesia católica a través del Tribunal de la Inquisición, y por los reyes de la época, en especial por Fernando VI y su hermano Carlos III, cuya obsesión antimasónica tan sólo se puede comparar a la que en el siglo XIX tuvo Fernando VII, o el general Franco en el siglo XX. Se habla del influjo masónico liberal en la elaboración de la Constitución de 1812 y se silencia que las Cortes de Cádiz, por medio del Consejo de Regencia, prohibieron la masonería en 1812.

Se repite hasta la saciedad la vinculación masónica de los próceres de la independencia de la América española, en especial la de Bolívar, olvidando que, en 1828, el mismo Bolívar prohibió la masonería en Bogotá. Se confunden logias masónicas y logias patrióticas o, si se prefiere, se identifican las sociedades patrióticas con las sociedades secretas, y a éstas, sin más, con la masonería. Se dan listas interminables de ilustres políticos, militares, intelectuales y artistas masones que nada tuvieron que ver con la masonería, como Floridablanca, el conde de Aranda, Jovellanos, Urquijo, Daóiz y Velarde, Espoz y Mina, Castaños, Porlier, Torrijos, el Empecinado, Mendizábal...y tantos otros y, sin embargo, se silencian otros personajes ilustres que fueron masones, como Santiago Ramón y Cajal, Tomás Bretón de los Herreros, Juan Gris, Arturo Soria, Juan de la Cierva, etcétera.

También se insiste en la importancia de la masonería en la preparación de la revolución de 1868 y en el advenimiento tanto de la Primera como de la Segunda República, cuando lo correcto sería preguntarse si más bien no fue la masonería la que se benefició de esas situaciones políticas que implantaron una libertad antes inexistente. Se identifica la masonería con el comunismo, cuando hoy en día los únicos lugares donde estuvo prohibida la masonería, —junto al Irán de los Ayatolás— fueron los países comunistas, según la decisión adoptada ya en 1921, en el que sería el III Congreso de la Tercera Internacional.

Sin embargo, la masonería o, si se prefiere, el ideal masónico, sí tuvo algo que ver con la difusión de ciertas ideologías más o menos conexas con el mundo de la educación, como la Escuela Moderna de Ferrer y Guardia, con la Institución Libre de Enseñanza, con la Escuela única, con los librepensadores, con el laicismo en la enseñanza..., ya que una de las máximas preocupaciones de la masonería ha sido siempre todo lo relacionado con la formación del hombre en sus distintas etapas de la vida.

Nos movemos, pues, en un terreno histórico, polémico y resbaladizo, en muchos casos por hacer, donde los datos y las contradicciones son frecuentes tanto en los apologistas de la masonería como en sus detractores. El movimiento cuenta hoy en todo el mundo con más de siete millones de miembros, y a ella han pertenecido y pertenecen grandes figuras del campo de la historia mundial, de la milicia, de la política, de la ciencia... No obstante, sigue siendo en gran medida algo desconocido y misterioso, cuando no tenebroso, para el gran público. Frente a una asociación iniciática, filantrópicocultural, conocida y respetada en no pocas naciones como Inglaterra, Estados Unidos, Holanda, Alemania, Suecia, Austria, Brasil, donde se conocen sus miembros y sus obras, en otros países más típicamente latinos como el nuestro, la sola palabra masonería es casi sinónimo de mal o un insulto. Viene a ser una materialización de los poderes de las tinieblas, algo demoníaco e infernal. En el mejor de los casos se piensa en un arribismo sin escrúpulos y sin freno.

A modo de síntesis que nos sirva de punto de partida, ha de decirse que la masonería no es un partido político ni un sindicato, tampoco una religión ni una secta, y ni siquiera es en la actualidad una sociedad secreta, aunque naturalmente tenga sus secretos, como cualquier otra institución.

LOS ORÍGENES. Dejando de lado lo que ciertos escritores han dicho sobre el particular atribuyendo la paternidad desde Adán, Noé, Moisés, Julio César, hasta jesuitas, judíos, rosacruces..., la realidad es mucho más sencilla. En la Antigüedad, como en la Edad Media, las sociedades del orden que fueran observaban un ritual, tenían símbolos y palabras de contraseña o de orden, y lo que se aprendía se tenía escondido.

Pocos gremios han tenido tanto influjo y repercusiones como el de los constructores, hoy día señalado de forma inequívoca como originario de aquella masonería operativa que, posteriormente, a comienzos del siglo XVIII daría paso a la actual masonería especulativa, tan distante en sus fines pero tan igual en sus ritos y ceremonias de iniciación, en su nomenclatura y organización.

La logia era un refugio, un obrador donde se trabajaba al abrigo de la intemperie, y en ocasiones podía ser incluso un edificio permanente. Era, pues, una oficina de trabajo y, desde el punto de vista administrativo, un tribunal que bajo el maestro albañil aplicaba las normas y mantenía la disciplina.

Como todos los gremios medievales, tenían sus patronos protectores, que eran honrados con solemnes fiestas. Éstos eran dos: San Juan el Bautista y el Evangelista, más conocidos con el nombre de San Juan de verano y San Juan de invierno y, en especial, los Cuatro Santos Coronados, quienes figuran en lugar destacado en los correspondientes estatutos de los picapedreros de la época. La encumbrada posición de los albañiles medievales se percibe también en la iconografía medieval de Dios Padre como creador dibujando el Universo con un compás. De ahí el concepto de Gran Arquitecto del Universo.

Collar de grado 33 del REAALA MASONERÍA MODERNA. El paso de la masonería medieval de los constructores de catedrales (masonería operativa) cuyos miembros se obligaban a ser buenos cristianos, a frecuentar la iglesia y a promover el amor de Dios y del prójimo, a la masonería moderna (masonería especulativa) puede seguirse a través, sobre todo, de la famosa Gran Logia de Edimburgo, que tenía sus reuniones en la St. Mary Chapel. Precisamente esta logia ha conservado sus archivos completos desde 1599 y nos permiten constatar que, a lo largo del siglo XVII, poco a poco aparecen en los procesos verbales, al lado de los verdaderos operarios que trabajaban la piedra, otros personajes de los que consta que ejercían una profesión totalmente diferente: abogados, mercaderes, cirujanos… En aquella época asistían a las reuniones los aficionados al arte de la construcción, a título de accepted masons o miembros honorarios, más conocidos con el nombre de masones aceptados. Solía tratarse de aquellos personajes de la alta sociedad que patrocinaban a los gremios y les prestaban ayuda. Por regla general, éstos salían de los que financiaban las catedrales o monasterios. En el siglo XVI las construciones de este tipo de edificios llegaban a su término y los masones se dedicaron más bien a la construcción de edificios profanos.

Por otra parte, la aparición de las academias de Arquitectura —en especial en Italia— quitó razón de ser al sistema gremial de aprendizaje de la construcción, con todo lo que esto llevaba de ritual de transmisión de los secretos del oficio. Al cesar, pues, la edificación de las grandes catedrales, las hermandades y logias masónicas fueron paulatinamente quedando en manos de los miembros adoptivos, de los francmasones adoptados, es decir, que con el tiempo los especulativos se impusieron a los operativos. De ahí que aquella organización profesional de los constructores de catedrales derivara hacia esa otra masonería, no ya operativa sino especulativa, que tomó cuerpo a partir de 1717 y, en especial, con las Constituciones de Anderson de 1723.

El periodo de transición abarca fundamentalmente de 1660 a 1716, época de trastornos civiles y que había concentrado en Inglaterra la mayor parte de los masones operativos europeos a fin de reconstruir la ciudad de Londres, prácticamente destruida a raíz del incendio de 1666. El proceso se cierra en 1717, fecha que señala convencionalmente el nacimiento de la francmasonería moderna, cuando cuatro logias de Londres, cuyos miembros eran exclusivamente especulativos o adoptados, fundaron la Gran Logia de Inglaterra, y esbozaron una constitución a base de las ceremonias y reglas tradicionales de las antiguas logias operativas.

A partir de entonces, se verificó un cambio en la orientación de la hermandad masónica, pues, aunque se conservó escrupulosamente el espíritu de la antigua cofradía, con sus principios y usos tradicionales, se abandonó el arte de la construcción a los trabajadores de oficios, si bien se mantuvieron los términos técnicos y los signos usuales que simbolizaban la arquitectura de los templos, aunque a tales expresiones se le dio un sentido simbólico. A partir de aquel periodo, la masonería se transforma en una institución cuya característica era la consecución de una finalidad ética, susceptible de propagarse por todos los pueblos civilizados.

Desde un punto de vista jurídico, fue la victoria del derecho escrito sobre la costumbre, naciendo un nuevo concepto: el de Obediencia o Federación de logias. En adelante, es aquí donde residirá la soberanía, ya que únicamente la Gran Logia de Inglaterra, tendrá autoridad para crear nuevas logias, con lo que, de hecho, surge una legitimidad masónica llamada masonería regular.

La redacción de las constituciones que en adelante iban a marcar la pauta por parte de la Orden del Gran Arquitecto del Universo corrió a cargo de dos pastores protestantes: John Th. Desaguliers y James Anderson. El nombre de este último es el que figura en el frontispicio de las constituciones, por lo que en adelante serán conocidas con el nombre de Constituciones de Anderson. La primera edición apareció en 1723.

De una forma simbólica se hace constar que a partir de entonces ya no será la catedral un templo de piedra que construir, sino que el edificio que habrá de levantarse en honor y gloria del Gran Arquitecto del Universo será la catedral del Universo, es decir, la misma humanidad. El trabajo sobre la piedra bruta, destinada a convertirse en cúbica, es decir, apta para las exigencias constructivas, será el hombre, quien habrá de irse puliendo en contacto con sus semejantes a través de la enseñanza en gran parte simbólica. Cada útil o herramienta de los picapedreros recibirá un sentido simbólico: la escuadra, para regular las acciones; el compás, para mantenerse en los límites con todos los hombres, especialmente con los hermanos masones. El delantal, símbolo del trabajo que con su blancura indica el candor de las costumbres y la igualdad; los guantes blancos, que recuerdan al francmasón que no debe jamás mancharse las manos con la iniquidad; y finalmente, la Biblia, para regular o gobernar la fe.

La masonería se convertía, pues, en un lugar de encuentro de hombres de cierta cultura con inquietudes intelectuales, interesados por el humanismo como fraternidad, por encima de las separaciones y de las oposiciones sectarias que tantos sufrimientos habían acarreado a Europa, la Reforma por una parte, y la Contrarreforma, por otra. Les animaba el deseo de encontrarse en una atsmósfera de tolerancia y fraternidad. El artículo fundamental de las Constituciones de 1723 lo subraya claramente al exigir a todo masón la creencia en Dios como medio de conciliar una verdadera amistad entre sus miembros. Otro artículo precisa que ningún ataque o disputa serán permitidos en el interior de la logia, y mucho menos las polémicas relativas a la religión o a la situación política.

El fin de la masonería, a la luz de sus constituciones, consiste en la construcción de un templo de amor o fraternidad universal basado en la sabiduría, la fuerza, la belleza, en la práctica de la tolerancia religiosa, moral y política, en la lucha contra todo tipo de fanatismo y en el ejercicio de la libertad. Por lo tanto, el francmasón de la Ilustración estará marcado por una doble finalidad: el perfeccionamiento del hombre y la construcción de la humanidad. Doble objetivo íntimamente ligado, pues al desarrollarse el individuo, se desarrolla la humanidad a través de un mutuo perfeccionamiento y de una continua interacción educativa. Tarea intelectual y civilizadora realizada a través de la filantropía o de la moral pura, de la discreción y del gusto por las artes y el humanismo.