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Sólo hay una verdad absoluta, que la verdad es relativa. (A. Maurois)

La publicación de la Ley de 1 de Marzo de 1940 sobre represión de la masonería y del comunismo y el discurso antimasónico en la prensa asturiana - I

Extracto del artículo publicado por Javier F. Granda en el volumen VII, nº 2, de la Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña (REHMLAC), de la Universidad de Costa Rica.

© Javier F. Granda y REHMLAC.


En el artículo se estudia la publicación de la Ley de 1 de Marzo de 1940 sobre represión de la masonería y del comunismo y el discurso antimasónico en la prensa asturiana en un contexto de fuerte represión ejercida por el régimen franquista en la España de posguerra.

La publicación de la Ley de 1 de Marzo de 1940 sobre represión de la masonería y del comunismo (LRMC) y el discurso antimasónico en la prensa asturiana a partir de esta fecha, será el objeto de estudio de cuanto sigue. Se muestra especial atención al final de la Guerra Civil Española en Asturias y la represión ejercida por la dictadura del general Francisco Franco, examinando con detalle, por una parte, las principales normas que tienen relación con el tema y, por otra, los principales diarios de la región, algunos de ellos aún en funcionamiento, como es el caso de El Comercio, de Gijón, o La Nueva España, de Oviedo.

La prensa es una fuente de primer orden para conocer la diversidad de la información y las cuestiones relacionadas con el día a día de las sociedades, los individuos, mentalidades, etc., y por ello debe estudiarse desde diferentes perspectivas que abarquen múltiples realidades desde lo económico a lo político, pasando por lo filológico, sociológico, cultural, etc., pero conscientes también de su manipulación y de toda la información que pueda quedar fuera de su alcance.

En el trabajo se aborda el modo formal de plantear las noticias que se refieren a la publicación de la LRMC en las diferentes cabeceras y a aquellas informaciones relacionadas con la represión de estas realidades, ciñéndose exclusivamente a la información derivada de la prensa escrita, conscientes de que otras informaciones, como la radiofónica, han seguido planteamientos o esquemas similares tal como advierten autores como Vega y Gordon.

La investigación se nutre estrictamente de fuentes hemerográficas y bibliográficas ya que las fuentes primarias que conformarían los archivos de los diferentes diarios asturianos lamentablemente no se conocen, no existen, o son inaccesibles en el momento de redactar el trabajo.

El 21 de octubre de 1937 había entrado en Gijón la IV Brigada Navarra, “acción que se puede considerar como el último acto militar de la llamada campaña del Norte, tras quince meses de enfrentamientos armados casi ininterrumpidos”. Esta fecha marca el final de la Guerra Civil en Asturias.

El diario La Nueva España (LNE) destaca en la portada del día 22 de octubre un gran titular que se refería a la ocupación de Gijón, bajo el lema “Toda Asturias para España ¡Arriba España!” y la aclamación “¡Franco, Franco, Franco!”. Se incluían, dispuestas en diagonal, las fotografía de Franco y de José Antonio Primo de Rivera con uniforme de la Falange. Bajo el texto que indicaba la hora exacta de entrada de las columnas liberadoras en la ciudad: las tres en punto; se insertaba el siguiente cuadro de texto en el extremo inferior derecho:
Contra el internacionalismo, somos españoles. / Contra la masonería, somos españoles. Contra / el judaísmo y el separatismo, somos españoles. / Contra la baja política, lo chabacano, lo sucio / y lo blando, somo[s] españoles. España es el Impe-/ rio de Dios y del César.
Esta consigna pone de manifiesto cuáles serán los enemigos de la Patria, identificando los pilares sobre los que ha de construirse en un sólido Imperio y que sirve también a la justificación del poder mediante la mitificación apelando a la religión y a la figura cumbre del Caudillo aquí representada por el César romano.

En el interior del diario, se amplía la información sobre la “Caída vertical de los frentes de Asturias”. El mismo día, el diario La Voz de Asturias (LVA) destaca en primera plana que “Se produce el derrumbamiento del frente rojo de Asturias por el irresistible empuje del glorioso Ejército del Generalísimo Franco”, con la aclamación de “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!”, que según el diario:
Es el grito que debe salir de los pechos de todos los españoles, de todos los asturianos, porque a Franco, a su genio militar, con el magnífico esfuerzo de su Ejército, debemos nuestra salvación y nuestra felicidad al vernos libres del criminal azote marxista.
Tras la toma de la región por los ejércitos Nacionales en el mes de octubre, se inicia la posguerra en Asturias que tiene unos tintes trágicos. Las pérdidas humanas, siguiendo a Rodríguez Muñoz, se evalúan en unos 22.000 asturianos muertos entre las acciones de guerra y la represión ejercida por los bandos beligerantes. Finalizada la guerra se impone en lo económico una autarquía basada en un proyecto político nacionalista e introspectivo que se verá fortalecido por el aislamiento internacional al que se ve sometido el régimen con la puesta en marcha de una economía intervencionista y de autosuficiencia que se desarrollará a lo largo de los años cuarenta. En la década de los cincuenta y sesenta se experimentará un despegue económico, todo lo cual servirá para que se produzcan los primeros cambios sociales en España. Rodríguez Muñoz, expresa que “el largo periodo franquista se puede dividir en varias etapas, caracterizadas cada una por acontecimientos políticos y cambios en la situación económica, que a su vez repercutieron en el campo social y cultural”.

En la introducción que Francisco Franco hace a su libro “Masonería”, firmando con el seudónimo J. Boor, y que reúne medio centenar de artículos publicados en el diario Arriba desde 1946 hasta 1952, indica que nace el libro por una “necesidad viva, pues son muchos los españoles que, dentro y fuera del país, anhelan conocer la verdad y alcance de una de las cuestiones más apasionantes, pero, a la propia vez, peor conocidas, de nuestro tiempo: la de la masonería”.

Ante esta demanda de información que el pueblo español parece necesitar por encima de unos mínimos vitales más acuciantes, se hacía indispensable que el Caudillo, en un afán paternal, brindase la información más fidedigna según su visión e intereses, oculto bajo un seudónimo, para desenmascarar a esas fuerzas ocultas que encarnaba la masonería y el contubernio judeo-masónico-comunista, que supuestamente ponían en peligro la convivencia pacífica y los intereses de la Patria. Podemos observar en ello la necesidad de buscar un enemigo que ofreciese juego, evitando mostrar los pilares y fundamentos de un Estado que se basa en el autoritarismo y la dictadura militar.

No hay que perder de vista la advertencia de Ferrer Benimeli acerca de la psicosis antimasónica en las esferas oficiales que desde el mismo inicio de la guerra se posicionan firmemente tratando de acabar con la masonería y con los masones. Asimismo indica que tras concluir la guerra civil española y después de aprobar la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939, “Franco intentó hacer una ley de persecución de la masonería por la que se podía fusilar a cualquiera que hubiera sido masón”.

El Caudillo se refería en la introducción de su libro al cáncer que corroía la sociedad española, haciéndose preciso desenmascarar las conspiraciones secretas de la masonería para satisfacer la legítima curiosidad de los muchos que pudieran estar interesados en ello, pero también como un arma en “defensa de la Patria”. Luchará con la palabra como una más de las armas que Dios había puesto en sus manos para “desentrañar y hacer públicas las actividades de esa secreta institución, con sus fines conocidos (odio a Roma y a España) y sus hechos inconfesables”. Construye una lógica basada en ataques precisos que bien podríamos calificar de astuta nece[si]dad por demonizar la actividad de la masonería, creando una cultura del mal que la identifique para seguidamente justificar el interés por combatirla, focalizando al enemigo, identificándolo y cuestionándolo ante la opinión pública a través de teorías y lógicas basadas en una estrategia de desinformación, de corrupción de las fuentes para construir una verdad nueva y distinta.

Carece de lógica atacar un “sistema de moral dentro del que caben los principios y creencias de todos los hombres amantes de la humanidad y del progreso y dotados de rectitud de criterio y buena voluntad” si no es desde una posición dictatorial y autoritaria en un claro propósito de establecer una cultura del mal, que no es otra cosa que la excusa para ejercer la represión e infundir el temor a cualquier precio.

El texto tiene un valor indiscutible pues retrata perfectamente a su autor y es representativo del discurso más sólido de lo que supone el combate a la masonería por parte del régimen dictatorial franquista. En él queda justificado todo lo conocido y desconocido, lo imaginado o lo supuesto. Se retuerce y distorsiona información histórica con los delirios de una argumentación alucinada, plasmando meridianamente el odio y el rencor con la formulación de una idea desprovista de fundamento cabal.

Dice, entre otras cosas, Francisco Franco, escondido tras el seudónimo de J. Boor, que es innegable que la masonería fue la activa socavadora del imperio español, poniendo la mano en todas las desgracias patrias, siendo culpable de la expulsión de los jesuitas, de llevar la guerra a las colonias y de convertir el siglo XIX en un rosario sin fin de revoluciones y de contiendas civiles. Quería destacar toda la maldad, los perversos planes, y los odiosos medios que utilizaba la masonería y mostrar las pruebas de porqué España la acusaba y la expulsaba de su seno. Se pretendía imponer una razón, crear un dogma, construir una Historia, un mundo heroico a la medida de los vencedores con la finalidad de reivindicar el patriotismo de sus actos y afianzarse en sus posiciones. J. Ruiz, recogiendo varias fuentes, afirma que el “temor a los insidiosos poderes de la masonería no era un rasgo privativo de la España franquista en 1940” ya que anteriormente en regímenes europeos se habían tomado medidas contra ella:
[…] Mussolini prohibió la masonería en la Italia fascista en 1925. Hitler, que en Mein Kampf acusó a la masonería de ser un “magnífico instrumento” para la difusión de la influencia del judaísmo internacional, tomó la misma medida cuando accedió al poder en 1933. Dos años después, en mayo de 1935, el dictador portugués Salazar convirtió en delito la pertenencia a organizaciones masónicas y ordenó la confiscación de todos los bienes de estas.
La realidad de la masonería en Asturias en los momentos en los que la guerra estaba a punto de finalizar en el Frente Norte los refiere con precisión Victoria Hidalgo. Obviamente la actividad de las logias asturianas, al igual que ocurre en el resto del país bajo la dictadura franquista, se extingue debido a la fuerte represión ejercida por los vencedores y habrá que esperar a mediados de los años setenta, aún bajo el mismo régimen, a que se constituyan algunas logias en territorio español, como es el caso de la denominada Perseverança. En torno a ella se reúne un número de masones regresados del exilio que formarán, años más tarde, la Gran Logia de España.

Esta entrada continuará en una segunda parte.